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Una Pesadilla de Altura Imprimir E-Mail
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Cuando se vive en una gran ciudad y se tiene una visión “globalizada” del mundo, se tiende a creer que todo funciona bajo los mismos parámetros. En este caso, lo que quiero decir es que normalmente en el Perú la palabra hotel no determina ningún parámetro estándar del cual partir, lo que, dicho en cristiano, significa que los hoteles en muchos pueblos no son más que hospedajes en los que una cama limpia (en la mayoría de los casos) es todo a lo que uno puede aspirar.

Recuerdo por ejemplo aquella pesadilla que viví para llegar a Tintaya. Después de interminables seis horas de viaje en ómnibus por una carretera infame (antes que asfaltaran Yura - Cañahui) llegué al pueblito de Espinar. El chofer me dijo que bajara y, siendo las doce de la noche, le pregunté si conocía algún hotel a lo cual respondió afirmativamente señalando una puerta azul. No bien baje del ómnibus, cargando maletín y computadora portátil (llevarla fue una tontería como veremos después), el carro arrancó y desapareció con lo cual sentí una sensación de abandono como nunca antes había sentido. El pueblo estaba desierto, hacía un frío salvaje y allí estaba yo, solo. Caminando pesadamente (4200 msnm) llegué a la puerta azul y toqué… y seguí tocando por diez minutos hasta que se abrió una puerta y asomó la nariz un tipo medio dormido al que pregunté:

  • tiene habitación


  • ¡no!

    ¡Y cerró la puerta! ¿Se dan cuenta? Me cerró la puerta en medio de ninguna parte, a las doce de la noche y con dos grados bajo cero. En ese momento no sabía si quería morirme o matarlo así que reuniendo paciencia volví a tocar la puerta insistentemente hasta que abrió.


  • ¿Tienes aunque sea una silla? - pregunté


  • Pase - me dijo y mirando su libro me comunicó - Sólo tengo habitaciones dobles. En ese momento pensé que era mejor la silla en la sala que compartir una habitación con un extraño así que insistí.


  • Oye hermanito, y no tienes una desocupada. Sin nadie


  • Sí, pero al precio de la doble


  • Bueno, no importa - contesté resignado al asalto – ¿cuánto cuesta?


  • Siete soles


  • ¿Tienes vuelto de veinte soles?, le respondí aguantando la cara de asombro ante lo barato del cuarto.


  • Sí – me contestó a regañadientes y sacando el vuelto del cajón me entregó éste con una llavecita diminuta que tenía un cartón a modo de llavero con el número siete.


Después de este diálogo nocturno enrumbé al segundo piso donde quedaba el famoso número siete. La cerradura del cuarto consistía en una armella con un candado pequeño que se abría con la llavecita y, por supuesto, con cualquier desarmador grande. Pero, como comprenderán, no estaba en situación de reclamar mucho (aparte que el portero ya se había quedado dormido) así que entré dispuesto a dormirme inmediatamente. Sin embargo, al abrir las sábanas me encontré con tres manchas enormes y medio amarillas de origen dudoso que me hizo reflexionar sobre si era seguro dormir ahí o en la silla del cuarto. Finalmente, al concluir que las pulgas no viven a esa altura y dejándome aconsejar por Morfeo simplemente me dormí vestido, abrazando a la bendita computadora (tratando de darle calor porque el manual decía que podía malograrse con temperaturas extremas, imagínense lo idiota de la situación: abrigando a una computadora).

Como si fuera poco, a los cinco minutos de estar acostado, entre despierto y dormido, sentí que se aproximaba mi peor enemigo, la peor de las pesadillas, la que no podía evitar: una necesidad imperiosa, extrema de ir al baño. ¿Por qué tanta tragedia?. Porque el bendito baño era común y para colmo, en otro edificio al frente de las habitaciones. Es decir, salir del cuarto, bajar las escaleras, atravesar el gélido patio y ocupar el baño, para variar siempre sucio. El colmo de esta desgracia, por supuesto, es ocupar y darse cuenta al final que en el baño no hay papel higiénico… pero claro, ese no fue mi caso porque ya eso me había pasado y siempre cargo con mi propio rollo (¡jojolete!).

Esta historia busca reflejar lo dramático y lo hostil que puede ser un alojamiento de este tipo si es que uno no conoce a lo que se enfrenta. Al viajar por el Perú profundo es común que en los pueblitos que usted y su familia visiten encuentren gente amable pero sin mucha experiencia en tratar al turista. No espere encontrar mucha infraestructura o calidad de servicio fuera de las ciudades, lo que le dará un toque adicional de aventura a su viaje. Para estos casos le damos algunas recomendaciones:

  1. los hospedajes comúnmente ofrecen una cama con frazadas, así que lleve su bolsa de dormir no sea que no tengan sábanas


  2. si le ofrecen una piel de oveja en lugar de frazada, échese encima de ella, le abrigará más que si se la pone encima como frazada. Es increíble pero es verdad.


  3. los servicios higiénicos pueden ser comunes así que organice a su familia o grupo para usarlos al mismo tiempo. Es más fácil hacer turnos y compartir el baño con conocidos que con extraños.


  4. nunca olvide llevar papel higiénico, toalla y útiles de aseo personal


  5. en los pueblos y ciudades busque siempre un alojamiento y una cochera para su vehículo. Nunca duerma en las calles o plazas


  6. al llegar a un pueblo o villorrio no dude en identificarse con las autoridades y saludar a los pobladores. Así, usted no será un intruso sino un invitado de la localidad. En caso que quisiera acampar por las inmediaciones puede solicitar permiso en alguna propiedad privada o en todo caso pedir que un destacamento patrulle la zona en la que usted estará.


  7. en cuanto a la comida, el plato más común en los pueblitos serranos es el lomo saltado, seguido de las papas o choclos con queso. Sin embargo, puede sucederle que llegue a sitios en que no puedan prepararle nada por lo que lo mejor en ese caso es pedir una cocina prestada (lleve una olla por si acaso) y cocine algo sencillo de comer. Para ello, se recomienda llevar un “cooler” con lo que a usted y su familia le guste como por ejemplo queso, algo de jamón, galletas y leche en caja para su desayuno. Lleve latas de atún, frijoles en lata, paquetes de tallarines y tuco en lata. Agregue chocolates para el frío, caramelos de limón para la altura y complételo con fruta (las peras, las manzanas y las naranjas es lo que mejor se mantiene)

 

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