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Esta historia comenzó en Carania, un pueblito en las serranías de Yauyos, uno de los lugares más bellos que tiene el Perú. Llegamos ese día, un lunes por la tarde y durante el resto del día visitamos el pueblo,

conversamos con las autoridades (incluidas las profesoras de la escuela) y diseñamos el programa del día siguiente. Al caer la noche, nos dieron de comer. El menú consistió en un plato de sopa con fideos, huevo, y papa al estilo "ensosepó" (ensalada, sopa, segundo y postre).
No bien terminamos, nos informaron que nuestra habitación estaba lista. Como sucede en estos casos, por respeto a mis compañeros de viaje que sé que no pueden dormir con mis ronquidos, arme en la camioneta mi cama (que dicho sea de paso viene a ser una doble plaza muy cómoda, con equipo de sonido y lámpara de lectura). Estaba yo preparándola cuando percibí el problema. Comenzó como un suave rumor y se convirtió en un sonoro pedo que no pude evitar, la conclusión era obvia: se me aflojó el estomago. Al mirar a mi alrededor me di cuenta que estaba en medio de la plaza del pueblo, por lo tanto, ahí no debía ocupar.
Meditando aun sobre mi suerte y las alternativas, surgió de entre las sombras una persona a quien identifiqué como el presidente de la comunidad. Aliviado le pregunté:
- Oiga mi amigo, ¿habrá algún baño por aquí?
Al escuchar mi pregunta el hombre sonrió amigablemente y contestó
- Claro, ingeniero, pampita nomás.

Y se fue. Comprendí que habia recibido instrucciones claras y algo dentro de mí decía que debía actuar (malhaya con la sopa y los chocolates) pero el problema era que estaba oscurísimo, sabía que habían puesto ya la tranca del pueblo (para que no escapen los animales) y por ende debía caminar hacia la pampa, lo cual, siendo nuevo, poco experto y sin conocer, era equivalente a suicidio o por lo menos a caerme en algún sitio con linterna y todo. Al mirar a mi alrededor descubrí que estaba parado al costado de los patios traseros de unas casas así que decidí la brillante idea de meterme en un rinconcito de uno de ellos y ocuparme un momento. Sigilosamente descendí un par de peldaños, me baje cuidadosamente pantalón y calzoncillos y al asumir la clásica posición en cunclillas ¡me clave un montón de espinas en el poto!. No sé que fue peor, si el dolor en sí, la verguenza de estar ahí, o no poder gritar. Bueno, lo único que quedaba era decir un carajo suavecito y terminar con el cuento. Así que hice lo tenía que hacer y cuando estaba en plena faena, doblando cuidadosamente el papel para tenerlo a la mano, recibí un amigable "buenas noches ingeniero" seguido de otros dos "buenas noches ingeniero". Ahí me enteré de que a las ocho en punto era la asamblea de la comunidad por lo que todo el pueblo pasaba por la placita a esa hora, rumbo a la reunión y claro, como la gente del campo está acostumbrada a ver en la oscuridad (y ya había salido la luna) estaba yo en vitrina en tan incómoda posición.
Lo único que me quedó por hacer fue sonreir y contestar los saludos mientras me vestía de nuevo. Total dije yo, esto es lo más natural del mundo, sin imaginar que lo peor estaba por llegar. Al día siguiente, alrededor de las diez de la mañana mis temores se confirmaron: tenía una aflojada de estomago brutal y debía ocuparme hasta botar todo así que siendo de día, la pampita esta vez tendría que ser relativamente lejos. Me trepé en la camioneta y me fui al río, bastante lejos del pueblo (aunque cerca a las chacras como me enteré después). Estacioné y busqué una roca grande donde esconderme y comencé la faena. Son esos momentos los que no sé porqué se originan las más profundas reflexiones (será porque no había nada que leer) y comencé a meditar:
- heme aquí, con tantos años de estudio en la universidad más cara de este país, con una empresa propia y aquí estoy, cagando en un campo. Lo único que me falta es limpiarme con las piedras.
Al decir esto comencé a mirar las piedras de mi alrededor casi sin darme cuenta. Noté que habían de todos los tamaños y formas: grandes, pequeñas, redondeadas, filudas, asperas y lisas y comprendí entonces que el hombre del campo escogía primero sus piedras antes de ocuparse ya que, siguiendo la ley de Murphy, las mejores piedras siempre son las que están más lejos, pero ya estaba yo ahí así que dije:
- bueno pues, ya que estoy en la pampita, habrá que probar todo el sistema completo
asi que escogí un par de piedras de regular tamaño y … las use como sustituto del papel.

Debo decirles a todos los que a estas alturas deben pensar que es una cochinada total lo que hice, que en realidad no es tan terrible como parece. Obviamente es un poco aspero (casi casi como el papel periódico), aun cuando se limpie la tierra, pero es efectivo, no se dejan papeles que ensucian y siempre hay piedras para todos.

Total, hay que probar de todo en esta vida (bueno, casi todo).

 
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