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Mi Encuentro con Dios y Jesucristo Imprimir E-Mail
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Este encuentro divino sucedió en Cerro de Pasco. Era la primera vez que iba y me aconsejaron que para ir a mi destino (la casa de la familia Tufino) cruzara la plaza de armas. El caso es que me metí con camioneta y todo cuando escuché el silbato policial. Al parar se me acercó un agente quien muy sonriente me dijo que estaba contra el tráfico. Muy educadamente le expliqué que era la primera vez que estaba en la ciudad y que no conocía el sentido del tráfico.

charla me dejó ir y me indicó que doblara a la izquierda para rodear la plaza y salir de la ciudad. Me despedí y seguí las instrucciones pero cuál sería mi sorpresa cuando al doblar otro silbato me detuvo. ¡No lo podía creer! Se acercó otro policía, me pidió mis papeles ¡y me dijo que estaba contra el tránsito! Al explicarle que su colega me había indicado que doblara a la izquierda voltee a señalarlo y ya no estaba. Comprendí que había caído en la trampa del outside policial, así que lo mire con ojos de quien ya se sabe perdido y le dije:

- jefe, perdóneme porque no sabía lo que hacía
- Ah! lo siento señor pero eso tiene que decidirlo el comandante
- y dónde está el comandante
- en la comisaría, a la mitad de la cuadra (es decir, doblar contra el tráfico de nuevo)
- vamos pues

Así que arranque de nuevo, me metí contra el tráfico, estacioné la camioneta y me baje al momento que llegaba el guardia con mis documentos en la mano. El comisario estaba parado en el centro de la puerta de la comisaría. Alto, imponente, mirando sus dominios. Mirándome de reojo, sin mover un músculo, preguntó con voz de mando:

- ¡¿que pasa?!
Antes que el guardia pudiera responder la pregunta replique con toda la raza y naturalidad del que no tiene nada que perder
- Nada, que he aquí a un humilde pecador que ha venido a pedir misericordia a Dios Padre porque dice Jesucristo que él no puede perdonar nada.

El hombre me miró sorprendido y volteó al guardia, quien le dijo:

- el señor se metió contra el tráfico – encogiéndose de hombros -
- así es, le dije, mire Dios, uno de sus angelitos que está al frente me paró y me dijo que como estaba contra el tráfico debía salir de la plaza y volteara en la esquina. Pero lo que hizo fue enviarme donde Jesucristo acá parado quien me dice que sigo en falta y ahora resulta que él ya no perdona sino sólo Dios Padre, así que he venido para que me de la absolución.

Al comisario le entró un ataque de risa y me preguntó

- y para qué ha venido a pecar acá ingeniero
- bueno, es que me ha invitado a una chonguinada la fam…
- ah! entonces usted ha venido a una fiesta, debe estar con plata
- noooo… para nada, yo solo soy un humilde empleado de una empresa y vengo en representación de ella
- ¿así?, no me diga. Y esa camionetaza que se maneja
- no es mía, es de mi tío que me la ha prestado (felizmente no había hecho el cambio de la tarjeta de propiedad)
- ya, ya veo. Bueno pues, tiene que portarse con la penitencia. Déjese para unos pollos a la brasa y un par de cajas de cerveza para la gente.
- Pues…Dios Padre, me va a tener que perdonar con menos porque ando medio misio
- bueno, bueno, ¿cuánto tiene?
- la verdad que apenas cinco solcitos

El tipo puso una cara de rabia y el guardia abrió los ojos incrédulo ante tamaño descaro, seguro que me meterían preso. Sin embargo, después de un tenso juego de miradas el "comanche" por fin dijo

- déle al guardia. Oye (refiriéndose a Jesucristo), devuélvele sus documentos al señor Después de un imperceptible "buenas noches Dios" me subí corriendo a mi camioneta y me esfumé en un santiamén a Rancas, pero esa ya es otra historia.

Esta historia está dedicada, con todo afecto, a todos los policías del Perú ya que, si bien algunos tienen este tipo de “debilidades” no por eso debemos dejar de reconocerles la sacrificada labor que realizan en todos los rincones de nuestro país. En especial, quiero aprovechar estas líneas para saludar a toda la policía de carreteras que nos acompañan a los viajeros de las carreteras y que, dicho sea de paso, no perdonan ningún exceso de velocidad. ¡Qué pesados!

 

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