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A mi Amigo Richard
Richard tiene cinco años, vive en Puente Piedra, recién va al colegio, tiene cuatro hermanos y es hincha de la U. Me enteré de todo esto porque nos dijeron que Richard debía hablar pues si se quedaba dormido podría ser fatal. Sólo nos dijeron que tenía algunas costillas rotas, un agujero en el pómulo y que lo lleváramos al hospital más cercano.
Richard fue uno de los sobrevivientes de un accidente más. Uno de esos absurdos accidentes que todos los días suceden en nuestro país y que tercamente denunciamos aunque a nadie pareciera importarle.
Todo comenzó con la fiesta del Señor de Huamantanga en el pueblo del mismo nombre en la provincia de Canta, “aquisito nomás”, a 73 kilómetros de Lima. A Huamantanga los peregrinos van caminando en una travesía de dos días y regresan en combi por una trocha infame de apenas tres metros de ancho que bordean cerros de 2000 metros de altura. Al Señor de Huamantanga lo adoraban todos los años con cantos, velas y procesión. Sus fieles llegaban a su templo cumpliendo las más rigurosas penitencias: de rodillas, descalzos, cargando cruces y el pueblo de Huamantanga los recibía con alimentación y hospedaje y juntos rendían culto al Señor con misas, rezos, una procesión y porque no, con baile y fiesta. Pero eso ya no está de moda, ahora llegan con cerveza, chicha, cigarros, hombres y mujeres por igual. Del culto sólo han quedado el baile y la fiesta y se le ha añadido mucha juerga y nada de rezo. Se supone que el Señor está tranquilo con que lo paseen un rato así que todos pueden divertirse tranquilos, incluso los choferes y autoridades, quizás la policía también, no lo sé.
El caso es que cuando termina la fiesta todos los visitantes comienzan a bajar
- cómo
- en combi pues
Y como al día siguiente hay que trabajar, la combi más primero hay que tomar
- pero oiga chofer, usted está borracho
- sí señora, pero voy a ir despacito
- y cuánto me cobra
- quince soles, señora
- pero es mucho, además, usted está borracho
- bueno, le cobro 8 soles por usted y cinco por cada niño (son cuatro)
- esta bien, pero vaya despacio porque la ruta es peligrosa
- no se preocupe, se lo juro por mi madrecita
Y así siguió el diálogo más o menos parecido con el resto de los 39 pasajeros de esa combi (por si acaso la capacidad de esa unidad era 25 pasajeros), 39 más chofer y cobrador. Como es lógico suponer, unos iban sentados y otros parados, ya sea en los asientos, el corredor o la parrilla. También iba el equipaje acomodado en los asientos, el corredor y la parrilla. Es decir, un exceso de peso del cien por ciento.
Y así chofer, cobrador y pasajeros se fueron despacito nomás
tan despacito que iba entrando sueñito
sueñito que le da al borracho que maneja despacito
y despacito con sueñito se fueron por el barranquito
Barranquito porque hubo suerte que el cerro tuviera una saliente 200 metros más abajo porque sino hubieran rodado los dos mil que el cerrito tenía.
Cinco muertos tiene esta historia y 36 heridos vivieron para contarlo. ¿Quién fue más culpable?, no lo sé. ¿Fue el chofer que bebió sin pensar en la responsabilidad que tenía? ¿Fueron las autoridades que cobraban quince soles de estacionamiento a las combis sin importarles cómo salieran? ¿Fue la policía que no se le ocurrió revisar si los choferes estaban sobrios o ebrios? o ¿fueron los pasajeros que aceptaron a un chofer ebrio con tal de ahorrarse unos cuanto soles? porque total, esas cosas nunca le suceden a uno… hasta que le pasan. ¿Quién fue más culpable?, no lo sé.
Sólo sé que Richard a sus cinco años ya conoce lo que pasa cuando se maneja ebrio, ya es consciente de lo que duele las heridas en el cuerpo y ha sentido la sangre chorrear por su rostro sin parar. Sé también la ira que se siente al ver tanta estupidez, la impotencia que surge de ver tanta desgracia y no poderla detener, la pena de ver el dolor de la gente y la angustia de ayudar sin que sea suficiente.
Lo que no sé, ni sé si quiero saber, es cómo responder a una criatura de cinco años que se aferra de la mano de uno y le dice “quiero ver a mi mamá, señor traiga a mi mamá”. No sabía, Richard, en ese momento si tu mamá esta viva o muerta, quise mentirte y decirte que ella estaba bien para tranquilizarte pero al ver la inocencia en tu mirada, el dolor y la angustia en tu cara, no supe qué responder, no te pude responder. Lo siento.
PD: este artículo lo escribí hace 10 años y lo vuelvo a publicar porque la situación en nada ha cambiado en el Perú desde aquella ocasión. La muerte sigue rondando los caminos del Perú y en esta columna estamos de duelo. Duelo por los que han muerto hoy, por los que murieron ayer… y por los que morirán mañana porque nada hace prever que esta racha terminará.
Finalmente, un saludo a Richard, un muchachón que hoy debe tener quince años y que todavía debe ser hincha de la U. Un abrazo donde quiera que estés.
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